Ciencia, Cultura|23 abril, 2012 0:31

Cuando Carrícola se hizo ‘bio’

Un domingo de agosto del verano pasado, Kike Sempere, su compañera Tere y su hija Lucía llegaron accidentalmente a Carrícola, una pequeña población rural de 94 habitantes abrazada por la sierra del Benicadell. Regresaban desde Alicante a Valencia, donde la pareja vive y trabaja. Él como fotógrafo, ella diseñando y confeccionando ropa para niños de forma artesanal. Diez días después, decidieron irse a vivir a Carrícola.

“Lo que vimos, sencillamente nos encantó”, resume Kike. “¿Cuántos pueblos de menos de un centenar de habitantes conoces que tengan un montón de esculturas al aire libre o que cuenten con un edificio hecho con balas de paja?”, señala con entusiasmo.

“Nuestra hija tiene siete años” explica Tere, “y aún está a tiempo de adaptarse bien a este gran cambio. En lugar de ir a una clase con 25 niños, pronto irá a una escuela con 12. Los tres vamos a ganar en calidad de vida. Y tampoco nos vamos al fin del mundo. Vamos a estar a 80 kilómetros de Valencia y muy cerca de núcleos de población grandes como Ontinyent, Xàtiva, Alcoi y Gandia”. Los tres confían en instalarse en Carrícola antes del inicio del próximo curso escolar, pero de momento, encabezan la lista de espera para ocupar alguna de las casas vacías o de uso vacacional con las que cuenta el municipio.

No son los únicos. Otras dos familias con niños aspiran a vivir y trabajar en este singular rincón de la Vall d’Albaida, donde la agricultura (desde los años 80, con certificación ecológica) es el único medio de vida y donde sólo se han construido 10 viviendas en cuatro décadas.

En contraste con lo que ha ocurrido en muchas localidades vecinas, en Carrícola no hay polígonos industriales. No hay macrourbanizaciones, ni diseminados salpicados con segundas residencias. No hay humo, ruido, ni demasiados coches. El Plan General que está tramitando no prevé la creación de suelo industrial, sólo dotacional para la instalación de empresas de energías renovables, así como la apertura de una nueva calle pegada al casco urbano y en la que se levantarán unas pocas vivivendas de protección oficial con criterios de bioconstrucción.

Ante la amenaza de desaparecer, debido al envejecimiento y la pérdida continuada de población desde los años 50, Carrícola apostó por un modelo basado en la sostenibilidad y la eficacia ecológica. La fórmula, que lleva aplicándose desde hace varias décadas y hasta hace poco más de un año a través de una gestión local de consejo abierto (con participación directa de todos los vecinos en la toma de decisiones) ha permitido conciliar las necesidades de afianzarse como pueblo y dejar atrás el fantasma de la desparición.

En 2010, Año Internacional de la Biodiversidad, forjó una de sus señas de identidad: setenta esculturas e intervenciones artísticas biodegradables invitan a recorrer su término y a disfrutar de su patrimonio, en un inspirador ejemplo de fusión entre arte y naturaleza.

“Este es el resultado de una labor colectiva que se inició hace mucho tiempo”, apunta enérgica la alcaldesa, Susana Cháfer. “El ayuntamiento somos todos y aunque pueda haber discrepancias, estamos de acuerdo en lo esencial”, asevera.

Con un presupuesto para el 2012 que ronda los 170.000 euros, en Carrícola viven 15 niños y son sus padres quienes más celebran contar de nuevo con una farmacia, un consultorio médico, una pequeña tienda, un bar, un hotel restaurante y un servicio de transporte escolar. “La integración es un proceso lento, que requiere mucho tiempo” asegura la alcaldesa.

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