Gente y TV, Sociedad|19 abril, 2012 10:52

La decepción de ‘Carmina’

Para comprender la decepción que ha supuesto para muchos la primera parte de la miniserie Carmina hay que acudir al impacto desmedido generado por Mi gitana, la serie de la Pantoja. Donde aquella nos ofrecía intensidad y carnaza en cada toma, esta evidencia escasa tensión y exceso de elipsis narrativas. Donde Mi gitana disparaba el tono y presumía de su naturaleza trash, Carmina opta por la seriedad fingida.

Telecinco, consciente de sus bazas, puso en el asador ya desde el debate previo a la folclórica que tiene en nómina y la guerra que mantuvo con Carmina Ordóñez por la herencia de Paquirri. También las amenazas veladas a la divina proferidas por Encarna Sánchez, insuflada de una nueva vida propia gracias a la escalofriante caracterización de Blanca Apilánez en Mi gitana (¿para cuándo el biopic sobre la locutora que reclama el pueblo?).

En resumen, el filón Pantoja no hace sino hincharse, mientras que el mito de Carmina se presenta desinflado. Y eso que en la serie que vimos ayer miércoles no hay ni rastro de la cantante, apenas una mención anecdótica. Poco importó: Carmina ganó el prime time con un 16,2% de share y 3.063.000 espectadores.

Cuesta creer que alguien de la soltura de Miguel Albaladejo, uno de los mejores y más personales directores que ha dado nuestro cine reciente, esté detrás de la cámara. No se aprecia una huella de autor en esta TV-movie, más bien parece existir un empeño en diluir su propio sello para amoldarse a las consignas de Telecinco.

No podemos olvidar que Carmina Ordóñez también estuvo en nómina de la cadena antes de su fatídica muerte, a las órdenes de Emma García, presentadora del programa de ayer, y que su figura conserva la simpatía de muchos colaboradores de la cadena. En cualquier caso, por rematar las comparaciones, el morbo que despierta la Panto, una mujer que ha vivido ocultando en buena medida su vida íntima, parece vencer al que sigue despertando Carmina, que siempre vivió de puertas para afuera, con muy poco que esconder. Pantoja es antipática y turbia, Carmina es un flashazo y una sonrisa a golpe de melena. Golpes de melena, por cierto, que en la serie (o, al menos, en su primer episodio) brillan por su ausencia.

Infancia

Su infancia se despacha rapidito, con un par de secuencias donde la madre de Carmina abronca a Antonio Ordóñez por haber cubierto ya el “cupo de putas” que trae a casa y otra con la pequeña Carmina diciendo a su padre que solo podría casarse con un hombre como él. De ahí nos plantamos en una adolescencia retratada como un descarte de Al salir de clase o de Sin tetas no hay paraíso sin pistolas. El descubrimiento de la cocaína llega a la media hora de metraje. La vida de Carmina se convierte entonces en una sucesión de escenas de discoteca filmadas como si de un anuncio de plantillas para el dolor que producen los tacones se tratase. A los 35 minutos, Carmina “tima” a una periodista (interpretada por la siempre reivindicable Marta Fernández Muro) dándole una de esas exclusivas en las que no contaba nada. A los 40 minutos, Carmina está en un yate con su novio Antonio Arribas largándole una chapa sobre la vida: “Algún día seremos viejos y entonces necesitaremos dinero”, le dice él. A lo que Carmina responde: “Anda, hijo, que me estás cortando el rollo”. Ese empeño de los guionistas por desvirtuar la jerga de cada época para arrimarla a la nuestra (pensemos en, sin ir más lejos, la recién finiquitada Toledo), en lugar de generar cercanía logra desvirtuar casi cualquier historia. Hasta Paquirri, ese hombre de raza, tras su primera cogida, le suelta a Carmina un blando: “¿Por qué no lo intentamos de nuevo y olvidamos los malos rollos?”.

Hay pequeños golpes de efecto: como ver a Yohana Cobo (la actriz que hacía de hija de Penélope Cruz en Volver) transmutada en una joven Lolita. O la aparición a traición de Juanma Lara, que hacía de Jesús Gil y Gil en Mi gitana, recreando ahora al anticuario Adolfo Velasco, que convirtió a Carmina en diva de Marraquech. Un detalle que añadía confusión. Como tantos otros. El más acuciante, la nula o escasa presentación de los personajes, con apenas un nombre de pila o ni eso. Un gesto bastante frustrante para el espectador medio que no se tenga empollada la biografía de Carmina. Aunque la cosa parecía tomar vuelo al alcanzar la adultez de la reina de corazones, cuando las protagonistas, por fin, empiezan a parecerse a los personajes en que se basan.

Con todo, hay que decir que tanto la Carmina de ficción, Patricia Vico, como Belén Argüello (que interpreta a su hermana, Belén) logran magnetizarnos por momentos cuando defienden sus papelones. Incluso en secuencias de culebrón sudamericano como la de la confesión del cáncer de su madre. La tendencia a lo lacrimógeno lastra en gran medida el impacto de muchos episodios vitales esenciales de Carmina, como la noticia a sus hijos de la muerte de Paquirri.

Quizás el problema de base sea la presentación de una Carmina demasiado serena, cuando fue una mujer entregada con pasión a la locura de vivir. Aunque, todo sea dicho, por necesidades del guion el segundo episodio anuncia profundizar en esa faceta.

La noche de Carmina se desenvolvió con una férrea competencia: al Chelsea-Barça se sumaba el estreno de la nueva edición de Perdidos en la tribu, en Cuatro. Este duelo se dirimió también en las redes sociales. #Carmina se batió como trending topic reflejando en directo la tibia acogida del público, a pesar de los esfuerzos de los community managers de Telecinco y de la propia Patricia Vico, desde su cuenta de Twitter, por caldear los ánimos. No fue hasta el cameo de Belinda Washington (en el papel de Pilar Lezcano, segunda mujer de Antonio Ordóñez) que muchos tuiteros salieron de su sopor, abriéndole paso a codazos en los altares del hashtag.

El debate posterior en plató ostentaba sus propios trending topics: que si Carmina se acostó con el novio de Lolita, que si Lolita, despechada, se acostó con Paquirri, que si su hijo Fran Rivera también se acostó con Lolita. Que si la Panto le privó a Fran del instrumental de faena de su padre cuando decidió dedicarse a los toros. Que si la Panto y Carmina tuvieron un gélido encuentro años después en los andenes del AVE (el highlight retro-exclusivo de la noche, ilustrado con las imágenes pertinentes extraídas de vete tú a saber qué cámara de seguridad). Todo aderezado con declaraciones de archivo de los implicados, con todos los micrófonos abiertos y todo el mundo hablando a la vez, y con la prima de la Ordóñez, Jimena Dominguín, batiéndose con la vena de la Patiño. Pilar Lezcano, viuda de Antonio Ordóñez, también entró por teléfono para tratar de poner orden: “Estoy indignada con todo lo que se está diciendo”, exclamaba. Y todo también impregnado de ese barniz Telecinco que tanta seguridad da a los que, antes de irse a dormir pensando en primas de riesgo, en expropiaciones petrolíferas o, sencillamente, en cómo afrontarán los números rojos de su cuenta bancaria, precisan de cierto ruido de fondo para coger el sueño.

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La decepción de ‘Carmina’

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