Cuando eres adulto, echarse la siesta se convierte casi en un ritual: un rato de sofá, persiana medio bajada y la promesa de levantarse con más energía. Muchas familias lo ven como un hábito sano, casi obligatorio, para ‘recargar pilas’ a media mañana o después de comer. Pero los especialistas en sueño llevan tiempo advirtiendo de que no todas las siestas son iguales y de que el momento del día en que uno se queda dormido puede estar contando algo importante sobre su salud.
En los últimos años, varios estudios han empezado a unir los puntos entre las siestas más largas o frecuentes en la vejez y un mayor riesgo de distintos problemas de salud, desde deterioro cognitivo hasta enfermedades cardiovasculares. Ahora, una nueva investigación con adultos mayores va un paso más allá y pone el foco en un detalle que solemos pasar por alto: la hora exacta a la que se duerme esa ‘cabezada’.
Las siestas excesivas, especialmente por la mañana, se asocian con tasas de mortalidad más altas en adultos, según un estudio de cohorte prospectivo de investigadores del Mass General Brigham y el Rush University Medical Center. El estudio realizado sobre el seguimiento de 1.338 adultos mayores durante un máximo de 19 años descubrió que las siestas más largas, frecuentes y matutinas se asociaban con mayores tasas de mortalidad.
El exceso de siestas en la edad adulta se ha relacionado con la neurodegeneración, las enfermedades cardiovasculares e incluso una mayor morbilidad. Sin embargo, muchos de estos hallazgos se basan en los hábitos de siesta autoinformados y omiten datos como la frecuencia y la hora de dichas siestas. Según Chenlu Gao, investigador principal del estudio, es importante seguir de cerca los patrones de siesta para detectar precozmente problemas de salud.
Entre el 20 y el 60% de los adultos mayores toman siestas, y aunque las siestas ocasionales pueden ser reparadoras, las siestas excesivas durante el día en la vejez se han relacionado con una amplia gama de problemas de salud. Los estudios existentes carecen de datos objetivos sobre los patrones de siesta, la hora del día en que se toman y las variaciones en dichos patrones a lo largo del día.
Para subsanar esta laguna de conocimiento, los investigadores del Mass General Brigham recurrieron a los datos del Proyecto Rush sobre Memoria y Envejecimiento, que comenzó en 1997 como un estudio de cohortes centrado principalmente en la cognición y la neurodegeneración de personas mayores. A partir de 2005, los participantes llevaron monitores de actividad en la muñeca durante 10 días para medir los datos de actividad y descanso, analizando la duración, la frecuencia, la hora del día y la variabilidad diaria de las siestas.
Los resultados mostraron que cada hora adicional de siesta diurna por día se asoció con un riesgo de mortalidad aproximadamente un 13% mayor, mientras que cada siesta extra por día se asoció con un riesgo de mortalidad aproximadamente un 7% mayor. Aquellos que dormían la siesta por la mañana tenían un riesgo de mortalidad un 30% mayor en comparación con aquellos que dormían la siesta por la tarde. Los patrones de siesta irregulares no se asociaron con un aumento del riesgo de mortalidad.
Es importante destacar que se trata de una correlación y no de una relación causal. Las siestas excesivas probablemente indiquen enfermedades subyacentes, afecciones crónicas, trastornos del sueño o desregulación circadiana. Con esta nueva información, se puede justificar la implementación de dispositivos portátiles para evaluar las siestas diurnas, con el fin de predecir problemas de salud y prevenir un mayor deterioro.
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