A través de la respiración, el sudor y la circulación, nuestro cuerpo se encarga de mantener una temperatura constante de 36-37 grados. Sin embargo, cuando la temperatura externa es elevada, el organismo debe realizar un esfuerzo adicional para lograr este objetivo, lo que puede provocar cambios significativos.
El calor afecta al hipotálamo, que es la región del cerebro encargada de regular funciones vitales. Cuando el cuerpo se esfuerza por mantenerse fresco, el hipotálamo concentra sus recursos en esta tarea, afectando áreas como el lóbulo frontal, donde se encuentran habilidades cognitivas como la atención y la memoria. Esto puede llevar a una disminución en la función cognitiva general.
Además, el calor extremo también afecta al sistema límbico, donde se encuentran las emociones. Esto puede provocar inquietud, apatía, mal humor y agresividad. La sobreexcitación del hipotálamo también puede interferir con el sueño y el descanso adecuado.
La sensación de hambre también está estrechamente relacionada con el calor. El organismo tiende a ahorrar energía, por lo que necesita ingerir menos alimentos para funcionar, pero aumenta la necesidad de beber líquidos para mantenerse hidratado.
En personas con enfermedades neurológicas previas, como demencia, epilepsia o daño cerebral adquirido, el calor extremo puede aumentar la confusión, desorientación y agitación. Además, ciertos tratamientos farmacológicos pueden aumentar la vulnerabilidad a golpes de calor con manifestaciones cognitivas, conductuales o neurológicas.
Para contrarrestar estos efectos, es importante mantener o adaptar las rutinas, asegurar una correcta hidratación y evitar la exposición al sol en las horas centrales del día. También es fundamental adaptar las actividades de estimulación cognitiva para que se mantengan durante todo el verano, de forma flexible.
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